Floriano Martins

En la poesía habitualmente encontramos la misma ambigüedad, sea la imagen prohibida, justificada como recurso sugestivo, sea el apabullamiento, como recurso de
El problema es que no existimos fuera del cuerpo, de manera que cuando permitimos que sea falseada nuestra relación con el cuerpo es como si desistiéramos de lo que somos. Todo enunciado erótico suena entonces como un fraude, sea que pensemos en lo prohibido o en lo explícito, en el retraimiento o en la confrontación, en el gesto reprimido o en la explosión violenta.
Justo en aquello que le es más sagrado –el cuerpo– el hombre no logra ser intenso. Ese mismo cuerpo que termina por representar el papel de un obstáculo que debe ser vencido. La trascendencia es nuestro plan de fuga; por una vía múltiple de insatisfacción, apostamos todas las fichas al espíritu. Entonces alimentamos esas zonas increíbles de transferencia, los lugares más propicios a la culpa, el dominio del pecado, etc. Es todo lo que tenemos.
Claro que tenemos también las contradicciones, en su escala infinita, que varían desde los gestos cotidianos más casuales hasta una ruptura deliberada del lenguaje artístico. Tenemos la poesía explotando en verborragia y dóciles facilidades de lenguaje. Tenemos la imagen en su apego a un desconcierto viciado. Que sintamos todo eso como contradicciones es una dádiva; o sea, con el arte que tenemos hoy, el infierno está garantizado. En última instancia, tratemos el tema desde una perspectiva ética o estética, nos encontramos hoy más encadenados a un pastiche erótico promovido por la industria de la publicidad que cuando teníamos la libido confinada a las cárceles de la Iglesia.
Todo y cualquier lenguaje es esencialmente erótico. No se dispara una bala, no se conspira contra un gobierno, no se destituye o se entroniza un rey del baile, si no es desde una perspectiva erótica. Cualquier investidura es el primado del orgasmo. No hay hacia dónde ir, de qué huir, qué evitar. Todo en el hombre expresa su deseo de vida y muerte.
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