Aleyda Quevedo Rojas

Soy mi Cuerpo

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POESÍA ERÓTICA DE ALEYDA QUEVEDO

Febrero 14th, 2008 · Dejar un Comentario

Floriano Martins

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La costura de elementos como sexo, cuerpo, deseo que generalmente tenemos entre manos se circunscribe
al punto cruz de una culpabilidad. En el lenguaje cotidiano hay una variación entre lo interdicto y la lascivia caricatural, o sea, variantes entre los reflejos de una opresión moral y el falsete.

En la poesía habitualmente encontramos la misma ambigüedad, sea la imagen prohibida, justificada como recurso sugestivo, sea el apabullamiento, como recurso de la desfiguración. Los lenguajes se empobrecen por no percibir que el erotismo no pertenece propiamente al plano de la descripción. En general, suele sonar falsa, aunque a veces estimulante, esa articulación del cuerpo en un plano erótico en la circulación diaria de los lenguajes: maneras de vestirse, de hablar, de escribir, tácticas de seducción, en fin, el conjunto de gestos y expresiones que rige nuestro mundo cotidiano.

El problema es que no existimos fuera del cuerpo, de manera que cuando permitimos que sea falseada nuestra relación con el cuerpo es como si desistiéramos de lo que somos. Todo enunciado erótico suena entonces como un fraude, sea que pensemos en lo prohibido o en lo explícito, en el retraimiento o en la confrontación, en el gesto reprimido o en la explosión violenta.

Justo en aquello que le es más sagrado –el cuerpo– el hombre no logra ser intenso. Ese mismo cuerpo que termina por representar el papel de un obstáculo que debe ser vencido. La trascendencia es nuestro plan de fuga; por una vía múltiple de insatisfacción, apostamos todas las fichas al espíritu. Entonces alimentamos esas zonas increíbles de transferencia, los lugares más propicios a la culpa, el dominio del pecado, etc. Es todo lo que tenemos.

Claro que tenemos también las contradicciones, en su escala infinita, que varían desde los gestos cotidianos más casuales hasta una ruptura deliberada del lenguaje artístico. Tenemos la poesía explotando en verborragia y dóciles facilidades de lenguaje. Tenemos la imagen en su apego a un desconcierto viciado. Que sintamos todo eso como contradicciones es una dádiva; o sea, con el arte que tenemos hoy, el infierno está garantizado. En última instancia, tratemos el tema desde una perspectiva ética o estética, nos encontramos hoy más encadenados a un pastiche erótico promovido por la industria de la publicidad que cuando teníamos la libido confinada a las cárceles de la Iglesia.

Todo y cualquier lenguaje es esencialmente erótico. No se dispara una bala, no se conspira contra un gobierno, no se destituye o se entroniza un rey del baile, si no es desde una perspectiva erótica. Cualquier investidura es el primado del orgasmo. No hay hacia dónde ir, de qué huir, qué evitar. Todo en el hombre expresa su deseo de vida y muerte.

La lectura de este libro de la poeta Aleyda Quevedo tiene una vibrante particularidad, que puede definirse como una ruptura con esa dicotomía entre interdicción y apabullamiento. El libro recorre otro universo, donde ya no caben la culpa ni cualquier otra forma de falsete. No comete los vicios de lenguaje de un erotismo que encharca la poesía de exotismos lujuriantes, ceremonias voluptuosas, fetiches comunes. Es un libro que se entrega a sí mismo, no se distingue de quien lo escribe, tantea sus abismos, sus maldades, sus convencimientos, sus insinuaciones, todo. Y aquí ha de entenderse ese todo evocando principalmente dos constantes: la inundación erótica y el fraseo estético. Ello significa que el libro está tan bien escrito como nos seduce por el ambiente que diseña y nos invita a conocer. Olvidemos la propaganda. Vamos entonces al libro.

 

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