“El largo, el triste juego del amor”, decía
Es verdad, nadie (hombre o mujer) quiere perderse un “buen polvo”. Nadie quiere negarse las sensaciones alucinantes que produce el desear a otra persona. Nadie quiere dejar de vivir lo diferente, lo nuevo, la aventura, placeres desconocidos. Mas yo, me sigo declarando en contra de la infidelidad, aunque pertenezco a la tercera mujer de la que tanto ha reflexionado Gilles Lipovetsky. Desde esa dimensión de la mujer que propone este francés, la mujer no se la piensa ni se define en relación con el hombre. La condición femenina de las democracias occidentales deja atrás a la mujer que se movía únicamente en el ámbito del hogar, los hijos y las tareas domésticas. Las nuevas generaciones de mujeres no se hallan más subordinadas a los hombres. La tercera mujer tiene libertad e independencia económica, intelectual y sexual. Controla su cuerpo y la procreación (desde el principio de la vida único poder exclusivamente femenino), sigue siendo un territorio sagrado que únicamente le pertenece a ella. Es que desde la píldora y el reconocimiento del trabajo femenino, las mujeres disponen de sí mismas. Y en ese imaginario de la tercera mujer tampoco cabe la fidelidad como pilar fundamental del matrimonio porque lo manda la Iglesia o los concilios vaticanos. No, nada que ver, si la tercera mujer, que supone una “autocreación femenina”, decide ser fiel lo hace desde lo que actualmente se llama “una cultura de vida”. Y como todo en la existencia femenina es ahora sujeto de elección, libre opción e incluso interrogación, personalmente reafirmo mi decisión de estar en contra de los “cuernos”. Finalmente, sé que los “cachos” hacen más daño que la rutina del matrimonio, contra la cual hay remedio, y mucho más daño que el sexo pantuflero (sábado por la noche, rapidito y sin ganas), contra el que también hay remedio. En los tiempos que corren la cultura de vida de cada uno se convierte en una forma de levantarse cada mañana, en una manera de estar en el mundo. La cultura de vida la componen opciones y principios por las que una opta: sí a los derechos humanos, no a la xenofobia, sí a la libertad sexual, no a la violencia, sí a la eutanasia, no a la infidelidad…
Se trata de principios por las que una opta para estar en el mundo. El derecho a la libre determinación vale a la hora de enfrentar todos los asuntos que hacen la vida: los políticos, los privados, los de la alcoba, los económicos. Y si los “cachos” no acepto ponerlos ni me gusta que me los coloquen. Esa es mi opción en este territorio de la libertad, donde las nuevas mujeres decidimos cómo vivir más felices.
Algunas cifras revelan que a la hora de la verdad, el 17% de las mujeres son infieles, y el 42% de los hombres serán infieles en algún momento de su vida. Serios estudios hablan de que hay dos tipos de infidelidades: infidelidad sexual e infidelidad emotiva. Nunca se concluye cuál es la que más afecta a las personas. Pero las mujeres elegimos como peor a
Entre los preceptos de algunas iglesias está aquello de: “la fidelidad no es solo un deber sino un derecho inherente al matrimonio”. El principio de fidelidad también consta en los códigos civiles de muchos países. Y solo en poquísimos consta la prisión para quien los pone. Varios psicólogos coinciden en que la infidelidad puede llegar a ser algo positivo en la vida de una pareja que de verdad se ama. Y la otra coincidencia es que se llega a la infidelidad por 9 motivos: Nos sentimos devaluadas; llega la monotonía; una vida sexual aburrida y deficiente; dependencia emocional de los padres; búsqueda de nuevas sensaciones; idealizamos demasiado a la pareja; la pareja permite los cuernos; sentimos amenazada nuestra libertad; alarde de poder. Sin embargo, el amor siempre será un largo y triste juego, muy complejo y lejos de la mediocridad, obligándonos a leer la realidad de otra forma. Por eso, sé que pasa por un asunto que se llama “cultura de vida”. Que es lo mismo que escribió la poeta apócrifa ecuatoriana Márgara Sáenz: Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con/ nadie vuelvas a la habitación 35. Que se te/ muera para siempre, que se te pudra si regresas.
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