Aleyda Quevedo Rojas

Soy mi Cuerpo

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Aleyda Quevedo Rojas: Soy mi cuerpo

Febrero 14th, 2008 · Dejar un Comentario

Quito: Libresa, 2006, 89pp.


aleyda2.jpgEn agosto del 2006, Aleyda Quevedo publicó su último poemario, Soy mi cuerpo. El texto contiene dos libros: el primero, titulado “Un viaje”, consta de 35 poemas; el libro dos, “Soy mi cuerpo”, de 33. El poemarios se abre con un prólogo, “Arte del cuerpo y erótica del sentido”, escrito por Rafael Courtoisie, que destaca un discurso poético que “desculpabiliza el cuerpo, se adueña del cuerpo, de sus palpitaciones y discontinuidades que se denominan con el nombre genérico (y a veces engañoso) de ‘enfermedad’, hace retornar el cuerpo a la unidad primigenia: no se ‘tiene’, se ‘es’ un cuerpo”.

Ciertamente, los poemas de Aleyda hablan del cuerpo y desde el cuerpo. No de un cuerpo cualquiera: uno de mujer; expuesto, doliente, anatomizado, cortado. “Mi útero reposa / en la bandeja de cirugía / Se vuelve ceniza / en los basureros hospitaliarios”. “Me tumbo al sol / y de las piernas / y de la espalda/ salen latidos de fuego y caracolas”. Cuerpo propio, cuerpo extraño; el cuerpo deviene, en la voz poética, angustia puesta al desnudo. Estamos expuestos, en el contexto del entramado social, a un permanente bombardeo de discursos que publicitan cuerpos de salud y de placer, cuerpos mercancía, triunfantes, sonrientes, esculpidos, modelados. Cuerpos que ocultan sus cicatrices, sus cortes, los surcos y amasijos de carne que arrastra consigo el devenir del tiempo. “Las cosas / se desgastan / como el amor que te tuve / o el color de aquellas fotos”. ¿Dónde hablan los cuerpos afectados / infectados, los cuerpos del hambre o los demasiado alimentados; los cuerpos mutilados, prostituidos, sacrificados, enfermos; los cuerpos deportados, exterminados, torturados? La literatura es uno de esos reductos en los que podemos escuchar el susurro, también el miedo o el espanto, de los cuerpos llagados y abatidos. “Todavía escucho / a los dragones afilados / ingresando en mis entrañas / Tejido quemado / árbol de páramo yo”. “Siento rabia al saber / que soy mi propio miedo / enfundado en este cuerpo”. “La serpiente de la enfermedad / rasgando tus tejidos”.

Si la salud se define como la vida en el silencio de los órganos, en la enfermedad el sujeto doliente siente y escucha la intimidad de sus vísceras: “Es banda sonora de latidos / crujir de tripas / saliva densa arrastrándose por la garganta”. Cuerpo que explicita, y reclama “la piel campo de batallas”, su lugar de enunciación, sus límites, su gravedad, sus anudamientos de significación. “Nada tiene que ver la cirugía / experimentos nuevas cicatrices”. “Cuanto dolor tolera / la suma del cuerpo”. Si la ilusión de identidad se constituye sobre la base de una imagen reflejada en el espejo, imagen enmarcada en un nombre propio y una historia de vida que se teje alrededor de una línea que, aunque quebrada y zigzagueante, deviene continua en la memoria; el cuerpo, entonces, se constituye como el referente más importante a la hora de establecer puentes de comunicación con el mundo ―habitado siempre por otros cuerpos― y con los otros. “Soy mi cuerpo / atrapado por partículas / de otros cuerpos”. ¿Cómo se enuncian esos puentes desde la imagen que proyecta, para los demás y para sí mismo, un cuerpo doliente y enfermo? “Mi cuerpo pequeño / cruza límites helados / con la espalda encorvada / y un blanco camisón”. “Ya mis deudos aceptan que las cenizas / regresarán a las montañas”. “Mi esposo con sus manos tibias / baña mi cuerpo dolorido / con raíces y hojas de menta”. “Me afeito la cabeza / y empiezan las preguntas / sobre lo que dejamos de hacer”.

Se suele pensar, equivocadamente, que el pensamiento ―el mundo de las ideas y del “espíritu”― se encuentra fuera del cuerpo; lejos de él, o insondablemente oculto y perdido muy adentro. Sin embargo, hay una zona en la que cuerpo y pensamiento se encuentran: esa zona de las emociones; del miedo, del dolor, de la alegría, de la fe, de las ilusiones. “el peso del dolor / está en uno mismo”. “El agua en su paciencia / va y viene perforando el esqueleto”. “Cuerpo / que enjabono en el mar / reconociendo suciedades / y miedos”. “Pongo las manos / al Hermano Gregorio / él es mi intermediario / Centrípeta / llena de mí / riñones / uréter / vejiga / me entrego a la más honda fe”. “Un gato orina mi alma / él sabe por qué no se alejan / los malos tiempos / Los pesares huelen a gato”.

Soy mi cuerpo es un libro consistente, extremadamente cuidado en la construcción de un lenguaje intenso, poético, volcado en la subjetividad de un cuerpo hecho de carne y voz, de miedos y esperanzas, de entrañas y sueños. Un cuerpo que se toca, se huele, se mira, se escucha, se escribe. Un cuerpo que dice de sí en un lenguaje de tonos y matices varios. Versos cortos que orquestan el libro, variantes de un mismo tema.

Alicia Ortega Caicedo

Universidad Andina Simón Bolívar



 

[1] Quito, Ecuador, 1972. Poeta y periodista. Ha publicado los libros de poesía: Cambio en los climas del corazón, 1989; La actitud del fuego, 1994; Algunas rosas verdes, 1996 (ganador del Premio Nacional de Poesía “Jorge Carrera Andrade”); Espacio vacío, 2001; Música oscura, 2004.

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