Aleyda Quevedo Rojas

Soy mi Cuerpo

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3 en las letras del Ecuador: Lydia Dávila, Ileana Espinel y Carmen Váscones

Febrero 14th, 2008 · Dejar un Comentario

Aleyda Quevedo Rojas

 

Creo que ser escritor es ocupar una de las últimas posiciones de la libertad, el último refugio de la fantasía, y llegar a una realización de la propia personalidad.

 

Heinrich Böll


En la más depurada tradición de la poesía ecuatoriana, resulta imprescindible  la obra poética de: Dolores Veintimilla (Quito, 1829-1857); Zayda Letty Castillo (Guayaquil, 1890-1977); y Mary Corilé (Cuenca, 1901-1976).

Tres nombres, tres referentes, reconocidas y siempre difundidas en diversas antologías y diccionarios, las tres provienen de las ciudades más importantes del país: Quito, la capital política y cultural; Guayaquil, el puerto comercial y financiero; y Cuenca, ciudad marcadamente universitaria y contestaria.

Estas poetas tienen en común el ejercicio de una profunda libertad interior que las llevó a escribir poemas que además del tema sentimental y amoroso, aludían ya a la corporeidad, los tejidos sociales, la discriminación contra las mujeres, el deseo, la libertad, la tierra y la maternidad.

Ellas fueron las pioneras en el lenguaje poético vigoroso que inicia el descubrimiento del cuerpo y la psicología femenina.

Quizá, la más consecuente y libre pensadora, de las tres, fue Dolores Veintimilla, quien prefirió el suicidio, muy joven, antes que continuar soportando  el peso insoportable de las inquisidoras y conservadoras ideas del Quito de la época que le tocó vivir: cuando una mujer valía si tenía a su lado un esposo.

De Dolores Veintimilla, siempre resuenan, estos poderosos versos:

¡Y amarle pude!… Al sol de la existencia/ Se abría apenas soñadora el alma…/ Perdió mi pobre corazón su calma/ Desde el fatal instante en que le hallé/ Sus palabras sonaron en mi oído/ Como música blanda y deliciosa;/ subió a mi rostro el tinte de la rosa;/ Como la hoja en el árbol vacilé.

A la tradición que iniciaron, Dolores Veintimilla, Zayda Letty Castillo y Mary Corilé, se suman tres escritoras, también de distintas épocas, que ayudaron a romper el canon y las formas tradicionales de hacer poesía en el Ecuador: Lydia Dávila que se cree nació entre 1918 y 1920, y cuya obra escasamente conocida y apenas difundida, nos dejó un único libro; Ileana Espinel, nacida en los años 30, poeta y periodista cultural que muere hace pocos años, y Carmen Vásconez, poeta de la generación de los años 60, que se mantiene escribiendo y viviendo junto al mar, en la provincia del Guayas.

Una quiteña y dos guayaquileñas, que aún no han sido ampliamente estudiadas, y cuya obra resulta fundacional para las letras del Ecuador, y refrescantemente aleccionante para los lectores de poesía de Venezuela.

Sin duda, el icono que de estos tres nombres, emerge con la fuerza y la sorpresa azul del mar es Lydia Dávila, con una historia literaria distinta y misteriosa: de ella se conoce un solo libro titulado: “Labios en Llamas”, y publicado en 1935. Es un libro atípico y muy personal para la época, un libro que se mueve entre las aguas de la fantasía y el cielo de la libertad; los registros literarios de su tiempo, así como los contemporáneos, simplemente no tienen su nombre.

Posiblemente nació en Quito, quizá contemporánea de César Dávila Andrade que nació en 1918.

Por los escasos datos que de Lydia Dávila existen, se podría decir que es una poeta rarísima que decidió publicar un solo libro, que viajó y leyó mucho, pues sus textos están plagados de amplias referencias a la cultura universal. Un solo libro publicado que bastó para colocarla a la altura de los mejores autores ecuatorianos, incluso de sus posibles contemporáneos: Alfredo Gangotena, Gonzalo Escudero y César Dávila Andrade.

La capacidad de su lenguaje, las ventanas de pasión y lascivia que abre con su palabra, hacen que en cada poema, sea posible atravesar lo sagrado y lo cotidiano, con un ritmo potente, desde el universo erótico-amoroso.

Las contemporáneas de Lydia Dávila, tomando en cuenta el año de edición de su único libro publicado: 1935, serían la chilena, Premio Nobel de Literatura en 1945, Gabriela Mistral, que publica su libro  titulado: Tala, cuya primera edición data de 1938; y Alfonsina Storni que publica el libro Mundo de Siete Pozos en 1934.

En Tala, los poemas de corte amoroso de la Mistral, nada tienen que ver con el erotismo desenfadado, de la ecuatoriana Lydia Dávila.

Mientras la Mistral escribe:

En costa lejana/ y en mar de Pasión,/ dijimos adioses/ sin decir Adiós./ Y no fue verdad/ la alucinación. / Ni tú la creíste/ ni la creo yo,/ “y es cierto y no es cierto”/ como la canción.

Lydia Dávila escribe: Señor¡ Has que le encuentre en el desbordamiento de mi sangre. Mis senos se transfiguran al conjuro de sus labios. Si él tiene la melena rubia, como el trigo de la Palestina. Si él reposa en el contagio de mis alucinaciones románticas ¿Por qué no he de quererlo? ¡Señor! Perdona si mi oración tiene sonoridades de histeria…También me ha crucificado su cariño; porque soy una santa, una virgen con palideces diabólicas.

El erotismo del libro, Labios en Llamas, publicado en Quito en la Imprenta Ecuador, está plagado de pureza y matices irreverentes que, simplemente, conmueven. Aunque no figure en diccionario alguno, Lydia Dávila, con Labios en Llamas, irrumpe definitivamente en la poesía ecuatoriana.

La pureza de su palabra erótica consigue momentos de plena belleza, pero, además, instantes de rebeldía y verdadera adoración al amante y su cuerpo.

La poeta se reafirma en su nombre, y a partir de la escritura de sus deseos más hondos transgrede normas, estilos, convenciones y formas, las formas establecidas por el canon de la literatura ecuatoriana, en ese momento.

Poemas en prosa que mantienen un ritmo sostenido, entre lo sagrado del encuentro amoroso, y la perversión de los sueños eróticos, las fantasías y los límites inexplorados del cuerpo dador y receptor de placer.

Algunos datos sobre quién fue Lydia Dávila, mencionan que escribió Labios en Llamas a los 19 años de edad, que consumía drogas y que se llamaba a sí misma “Satanás de Amor”.

Su poesía nos habla de una mujer que se conoce muy bien a sí misma. Una poeta que se reafirma como ser humano a partir de su nombre:

Es que en mis poemas estoy yo: Lydia, escribe al final de su poemario, como si quisiera dejar bien claro que lo más íntimo de su ser está escrito por siempre en sus precisos versos en prosa.

La poesía que amo, como lectora, es apasionada y sabia, la poesía de Lydia Dávila reúne esas dos cualidades.

Labios en llamas, rompe el tradicionalismo social de las mañanas de iglesia y rezos de la franciscana Quito; y cambia las costumbres, el orden y la sexualidad convencional, por el deseo como un territorio que le pertenece a una mujer. Aquí está su poesía, una joya preciosa, cuyos brillos nos transportan al mundo de Eros y Tánatos.

 

DIABLESA

Un Satanás de Amor?
¡Quiero ser…! Incendiar en mis pupilas
en el áspid lloroso de las tardes, para que te confieses conmigo…
en la serenata de un suplicio. Cual castidades sin cielo…

Poseerte…
ser tu bandida, la pirata de tus amores….
Mutilar la caricia de tus huellas: como un Satanás de Amor.

Muchas veces me he muerto en tus brazos, con la boca recelosa…
con el presentimiento mortal de lo inevitable…

¡Excitaciones…!
porque tú eres la borrasca de mis carnes núbiles…

¿Un Satanás de Amor?
mi cuerpo debió ser…Ya te contaré las caricias íntimas.


OH MI CARNE DE SÁNDALO

Oh, mi carne de sándalo, perfumada, tibia, divina. Se clava en tus excesos
con mordeduras incitantes y te hace daño. ..Perdona el martirio de mi carne.

¡Sí, soy la novia sin tímidos recatos!

La uva de tus caricias se destila en mis venas, en la heroicidad de mis versos,
cual una reparación a destiempo…

 I seré como aquella tarde. Cuando los dos juntos bebimos el asedio
de mis líneas…en la cuenca de un Pecado Mortal.

IGNICIÓN DE AVIDECES

Desnuda…

Los cráteres de mi carne tienen una ignición de avideces:
pecados mortales para tus manos.
por ti se prendió la hoguera de mis arrobos, donde se
engendran los éxtasis violadores.

Te emborrachas: en el sádico dintel de mis exhalaciones.

Viertes en mí el secreto de tus desfallecimientos de hombre.

Has diluido mi ausencia en un estertor de ateísmos…
¿Oyes? La jaculatoria de mis besos.


Y FUE SOBRE UN DIVÁN

Mirabas abstraído el sagrario de mis placeres. Donde el cisne
blanquísimo del deseo esconde la virginidad de su cuello. ¡Cómo lo recuerdo!

Como una loca…!

Fue sobre el diván de rojo terciopelo. En una tarde doliente de marzo.

De pronto,
Se mustiaron tus ojos enfermos de histerismo…

Enloquecida con el ansia del primer encuentro: vago, cariñoso, divino,
te di el humilde dolor de mis lágrimas.

Sandor, mi cuerpo se deshoja en tus pupilas ingrávidas…


DONDE TÚ EXISTES

Tú existes: en la vendimia de mis labios,
sobre la promiscuidad de mis senos que se desbordan.

En el desgarramiento…sin abstinencias, de mi mordedura
de Amor.

Te he palpado en las fatigas con enervaciones de prodigio…

En la diadema de mi carne que sabe de los siete sentires.

Tú existes: en la flor empedernida de mi sexo. Soy toda silencio.

Tu beso asesino ha hecho un esguince de amor en los festines de
mi carne.

Soy tuya…!


Otro de los iconos femeninos de la poesía ecuatoriana, que también se destaca con voz propia, es Ileana Espinel (1931-2001) poeta e intelectual que manejó en su obra una amalgama de vanguardias literarias que pueden leerse en siete de sus libros.

Ileana fue también periodista, colaboró durante muchos años con Diario El Universo, y fue redactora y corresponsal de diversas revistas internacionales. Formó parte del “Club 7 de Poesía” fundado por el gran poeta ecuatoriano David Ledesma Vázquez, quien se suicidó y que en vida, fue muy cercano a Ileana.

Los críticos se refieren a Ileana Espinel como: liberal, apasionada, vital, progresista y novedosa, la primera escritora ecuatoriana que no se encasilla en escuela alguna. Otras referencias la señalan como una cultora de la forma, sus mayores logros reposan en el campo del significado.

“Ileana Espinel es quien entroniza la poesía sardónica en el paisaje de la lírica ecuatoriana, con tintes tormentosos pero a la vez cautivantes”, remarcan los estudiosos.

Los temas en la poesía de Ileana Espinel son diversos, sus búsquedas navegaron en los territorios del amor, la muerte, la enfermedad y los temas sociales, con igual curiosidad.

Entre sus más bellos poemas de corte erótico está:

 

POEMA DE SANGRE Y FUEGO

Vino hacia mí su luz –cuerpo fiel y tangible-
como una siembra mística intocada
como un lirio de aroma batallante,
como un pan cotidiano y, sin embargo, único…

La sed viole llegar
Cuando el fuego subía
A la tierra más alta
En un vuelco infinito sin escalas.

Rojo era el fervor que nos colmaba

Yo ardía en la altanoche musical de las venas
cuando vino su luz
oscuramente mágica.


Su cercanía a la muerte comenzó, desde muy joven, cuando una tormentosa enfermedad empezó a aquejarla. Con el paso de los años, sus días empezaron a transcurrir entre los achaques causados por el sobrepeso, el consumo de innumerables pastillas, días buenos y días muy malos que le impedían salir de su pequeño departamento, pero que al mismo tiempo, le dieron la oportunidad de volcarse por completo a la lectura y la confección de sus poemas.

Uno de sus más logrados poemas que revelan las cercanías a Tanatos es:

 
DISLATE CON PASTILLAS

Pertranquil
Esencial
Pankreoflat
Flaminón
Peridex
Baralgina
Tioctán
Persantín
Buscopax
Irgapirina

mosaico adocenado
del templo drogadicto
que oficia diariamente
en mis entrañas
(todo para que el hígado
el insomnio los nervios
el músculo cardiaco
los dedos que hormiguean
retrasen los relojes
que marcan sin remedio
el infalible paso vencedor de la muerte).

 Hay en la poesía de Ileana Espinel ese tono amargo y perturbador del amor no encontrado. Del amor que se imagina pero que nunca se ha vivido intensamente. La poeta nunca se casó ni tuvo hijos, tampoco tuvo pareja alguna, su vida entera estuvo dedicada a las letras y muy especialmente a la poesía, su compañera siempre, a quien se acostumbró, hasta sus últimos días del 2001, en que murió.

El peso del dolor, el amor no encontrado, los cantos a la muerte, la poesía comprometida, las agonías, y la soledad son temas recurrentes en su poesía. El trabajo depurado con el lenguaje es uno de sus mayores logros, así como también sus imágenes de ironía frontal.

PAISAJE

Afuera,
un carnicero espía de rodillas
la mueca azul del diablo.

El vientre es un tranvía de puñales.

La calle: un sombrío y anarquista
puente de lágrimas.

Adentro,
la tos ferina.

Y yo que clamo.

 

LA ESTATUA LUMINOSA

Pura estatua de luz
era tu piel trigueña.

Mi corazón
-luna roja de Octubre-
te amaba tanto que su amor callaba.

Porque el último poro de tu cuerpo
luminoso de estatua
suspiraba febril
por otro amor, amor, que no te amaba…

Y yo
-celeste ardor,
divinamente tuya y del pasado-
sólo por ver la dicha en tus pupilas
rogaba a Dios la angustia de mirarte en sus brazos.

Cierro este artículo para los lectores de Venezuela con la palabra de la guayaquileña Carmen Váscones (Samborondón-1958), que irrumpe en la poesía ecuatoriana con sus libros La muerte un ensayo de amores que aparece en 1991 y seguidamente, en 1992 Confabulaciones.

La poesía de Carmen estremece, interroga y desafía a la vida y a la misma muerte. La originalidad de su lenguaje radica en la apropiación de cierta psicología femenina que rebasa los sublenguajes, membretes o guethos como aquello de “poesía escrita por mujeres o erótica de mujeres”.

Sus siguientes poemarios: Memorial a un acantilado y Aguaje, reafirman a Váscones como una voz interesante y rigurosa dentro de la poesía ecuatoriana contemporánea. Disciplinada y dedicada al lenguaje, Carmen tiene además de libros de poesía, dos de relatos.

Una de sus estudiosas, la joven poeta Carolina Patiño, señala de la poesía de Carmen Váscones, lo siguiente:

 “Su poesía nos lleva a un ambiente de placer, deseo, amor y muerte; se destaca la temática de la muerte que se impone ante las creencias habituales, y las desafía una y otra vez, también se percibe una especial rebeldía ante Dios y la victoria de su feminidad Tiene libros de convicciones, de sueños y amor pasional, y agudo existencialismo”.

Es que la poesía de Váscones ha influido sobre muchos nuevos nombres de escritoras jóvenes ecuatorianas.

Cecilia Ansaldo, destacada crítica literaria del Ecuador, anota sobre Carmen Váscones, lo que también yo considero su esencia poética: “la muerte es una metáfora erótica. Hay en sus versos conciencia del deseo y del Eros como fugacidad, como expresión de la incompletud humana”.

Uno de sus poemas más significativos se titula: Los senderos del placer

LOS SENDEROS DEL PLACER

Se los ofrecí
a la lengua que me tocó sin rubor
por ser bienaventurados del reino del deseo
donde la muerte es una promesa sin juicio final.

Carmen Váscones Martínez es psicóloga clínica y ahí, posiblemente radique la base de su poesía profunda, de cerrada sintaxis y múltiples giros figurativos. El mar y sus metáforas inundan sus libros.

La poeta vive actualmente en Playas de Villamil, un pequeño pueblo a media de hora de Guayaquil. De frente al mar transcurren los días de Carmen, quien ha hecho de la escritura su forma de estar en el mundo.

LA SOBERBIA DEL DESEO DESATA MARES

entrega aguajes de certezas
a la infidelidad de la tripulación
el padecimiento amoroso leva ancla
contiene la asunción de la complicidad
el adulterio de psique sabe a ellos
parte de la melancolía del gemelo
el espejo trepanado se bifurca en los reflejos
la maternidad imaginada del genio
recoge su cadáver en la monotonía
de la cópula rezagada
alguien ejecuta las redes del climaterio
(quise ser de un hombre como la muerte al cuerpo)
me juego la posibilidad de todas.

 
Y COMÍ TU ALMA

con el ocio de mis dientes estrujé
toda huella con forma a ti
cercas con tu ánimo
la eremita de mi gozo
te dejas llevar como faenador
acorazado en vertientes
zarpas búsqueda inútil
rebotas en mi mar
aplacas con pasión amenaza de sequía
arraso tu fuerza
me alcanzas con valentía de novillo
enfrentando arremetida
mutilas saqueo del fruto
reconoces mi interior
momo aborigen de península inicial
bocanadas luna completamente desnuda
en tus brazos de primer hombre en esta tierra
siento entera tu ansia
en mi humana forma.

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