Aleyda Quevedo Rojas

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LAS LECCIONES QUE ME DEJÓ LA LUJURIA

Febrero 13th, 2008 · 1 Comentario

Aleyda Quevedo Rojas

Soufres Maris

Se paciente marido mío,
y no sufras enojo:
tu me tendrás mañana
y mi amante esta noche.

Te prohíbo decir palabra alguna.

Se paciente, marido mío,
y no sufras enojo:
la noche es corta,
pronto me tendrás de nuevo;
cuando mi amante haya tenido su placer.

Este bellísimo anónimo francés del siglo XIII sugiere que la lujuria es una emoción que siempre ha acompañado a mujeres y hombres desde antes del siglo XIII y, con seguridad, hasta mucho después del siglo XXX. La lujuria está íntimamente vinculada al territorio de la psicología y a los dominios, aún, desconocidos del cuerpo.

Gabriel García Márquez refiriéndose a la potencia de nuestra lengua ha señalado: “En la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino”. Pero si la fuente del premio Nobel es el Léxico sexual ecuatoriano, no son 105, sino 107 los nombres que los ecuatorianos usamos para referirnos al pene.

Entonces, la primera lección que me deja la lujuria es la certeza de saber y sentir que algunos excesos son indispensables para vivir más feliz, más completa, totalmente alejada de la culpa. Como lo repetía ese prícipe marchito Jim Morrison citando a William Blake: “Los caminos del exceso nos llevan al palacio de la sabiduría”. Y es allí donde la culpa se hace trizas. La culpa, invento cruel y devastador de la religión personificado en cada uno de los Papas en sus respectivas épocas. Y Morrison como Blake llegaron a la sabiduría por ser auténticos ya que nunca fueron unos tontos divinos.

Nadie puede vivir sin excesos: de amor, de compasión, de solidaridad, de ternura, de pasión, de amigos, de hacer el amor, de caminar, nadar y respirar. Excesos ideales, pero que hay que desearlos y procurar vivirlos.

El exceso de sensualidad ha sido definitivo en mi escritura ¿Cómo estructurar las emociones, las imágenes, las palabras lascivas en un poema, si de ello depende hacer que se vuelva erótico o pornográfico? Del grado de sensualidad y del punto de obscenidad depende el poder del poema. Ya que en un poema pasa lo mismo que en una película XXX: decir o mostrar una vagina o un pene en un primerísimo primer plano, no tiene el mismo impacto que colocar una vagina o un pene con determinadas palabras o con los recursos artísticos que el cineasta crea con la luz y el ritmo de sus imágenes. Ese recurso es la sensualidad, una cualidad inherente a la lujuria y los deleites carnales y del arte erótico.

Las palabras llevan a la lujuria, mucho más que la piel y los cuerpos. Las palabras pesan por sí solas y retumban en la conciencia o el inconciente, por ahí empieza una relación sexual. La primera palabra es como la primera piedra y quien la lanza no podrá esconder su cuerpo.

Y no hay que sudar tinta china, al menos en nuestro medio, según García Marquez, para nombrar al organo sexual masculino: pito, fierro, palo, huevo, pipi, pene, falo, flauta, pistola, paquete, canario, banano, dedo sin uña, mazo, paloma, pepino, pija, picha, pinga, pollo, trola…Yo mismo suelo exclamar: ¡Qué verga!, cuando algo me sale mal o porque el gobierno sigue sin entender el clamor ciudadano.

Alguién podría decir que lo que sostengo son obscenidades, ofensivas al pudor, que estoy atentando al recato y la castidad. Mas lo obsceno es lujurioso, y la lujuria pertenece a los seres humanos y a hombres y mujeres nos gusta el vicio que consiste en el uso ilícito o apetito desordenado de los deleites carnales como dice el diccionario de la real academia de la lujuria.

La segunda lección que me ha dejado este apetito desordenado es la capacidad de romper con lo establecido como políticamente correcto o casto y puro. La lujuria despierta en mí un vicio feroz por la belleza del cuerpo masculino y femenino. Ahora disfruto inmensamente y sin culpas mirar a Mónica Bellucci en el filme Irreversible, tanto como gocé con los movimientos del cincuentón Miguel Bosé en el escenario del General Rumiñahui la noche del jueves 19 de mayo, desde mi butaca en preferencia. Música, estética, baile, poemas contra la guerra, luces, efectos, pantallas gigantes mostrando su torso, se puede decir que fue un espectáculo para alimentar mi cultura de la lujuria. Ahora mismo recuerdo una tarde de enero del 2005, vísperas de cumplir 30 años, sentada junto a mi amiga, la poeta y periodista mexicana Guadalupe Elizalde, cuando hinoptizadas contemplábamos la escultura de David, (una réplica perfecta del David de Miguel Ángel), escoltada de chorros de agua, una preciosa fuente ubicada en la colonia Roma, en el Distrito Federal. Un David en piedra perfectamente esculpido, donde los bíceps y muslos alcanzan toda propensión a los delites sexuales. El velo acuático de la fuente actuaba sobre mi visión de la escultura como flujos desordenados de deseos, ganas, corrientes eléctricas y térmicas que iban, desde mi cerebro, pasando por la punta de mis pezones, hasta llegar al centro mismo y tibio de mi ser. No había nada más que añadir a las grandes, fuertes, tensas y redondas bolsas bajo su pene, apenas erecto, lo suficientemente erecto para alcanzar un más allá erótico en plena tarde de todo tipo de descubrimientos y revelaciones, en la ciudad más grande del mundo, donde la lujuria y los excesos se perciben en la comida, la música de mariachis, jarochos y rock, el tequila o el mezcal, y la vida que bulle en el metro y en las plazas. México como Ecuador son países de lujuria.

Por último podría decir que una lección que me ha prestado la lujuria tiene que ver con esto que escribió Octavio Paz: “el erotismo es imaginario: es un disparo de la imaginación frente al mundo exterior”.

El sueño es el vehículo del erotismo, para llegar a desentrañar nuestra propia sexualidad hay que pasar, en algún momento, por las estepas de la lujuria. Ninguna imaginación se mantiene viva si no atravesamos el dominio de lo obsceno. Adentrarse en el léxico sexual de los ecuatorianos resulta un ejercicio, siempre cambiante, de la vida de la lengua, de los giros del lenguaje en cada región o ciudad. Esas palabras, en movimiento, revelan la psicología sexual de la gente, su paso por el mundo de lo obsceno y lascivo.

Como un juego de espejos que se multiplican y se desvanecen, como todo lo que hace daño pero que otorga tanto placer, así, como la sensación de prohibir y quebrar las leyes, en ese fondo están las lecciones que me ha dado la lujuria y que me han permitido confeccionar poemas menos pacatos, así lo creo, por lo menos yo.

Publicado en revista SoHo, 2005.

Categorías: General

1 respuesta hasta ahora ↓

  • 1 FRESIA // Abr 20, 2008 at 11:25

    me encanto todo tu comentario palabras tan ciertas, llenas de erotismo son un placer leerlas.

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