PRÓLOGO
ARTE DEL CUERPO Y ERÓTICA DEL SENTIDO
Escribir acerca del cuerpo, escribir sobre la alternancia enfermedad-salud, sobre las instancias del cuerpo, sobre el dolor y el goce, es escribir un cuerpo, es hacer nacer un cuerpo, sacarlo del silencio y darlo a luz en el discurso. Ese es uno de los muchos logros de
Cuando se cambia la preposición y se dice “escribir sobre el cuerpo” la anfibología enriquece el aserto: se escribe sobre el cuerpo para escribir desde el cuerpo, para hacerlo real, tangible, para patentizarlo en su misterio.
El más profundo, el más auténtico body art no toma como escenario el cuerpo. Al contrario. El dibujo, el color, el diseño, se transforman en “escenarios”, en soportes que resaltan la forma única, irrepetible, de un cuerpo.
Entendido de ese modo el body art, pictórico o escritural, resignifica el cuerpo, le otorga lugar, lo pone en su sitio.
Luego de San Pablo, buena parte de la civilización cristiana y occidental aceptó la dicotomía cuerpo-alma, transformándola en un dogma antinómico, en una típica falacia de falsa oposición.
A partir de allí el cuerpo se asocia con materia, con sustancia, con mundo terrenal y sub-terrenal (en ocasiones infernal), lugar propicio del pecado, campo de batalla de la existencia burda, barrosa, concreta y finita de cada ser humano.
Luego de San Pablo el alma, en cambio, se asocia a espíritu, a psique, a diversos conceptos relacionados con la “esfera de las ideas platónicas” siempre dotadas de caracteres esenciales y nunca accidentales, jamás tocables y particulares.
En esta concepción el cuerpo llega a ser “cárcel del alma”. El cuerpo se lee entonces como impedimento, como obstáculo a superar. Una falacia que, literalmente, puede costar la vida.
Llevando las cosas al extremo de esta concepción paulista, el cuerpo termina siendo percibido como culpa.
El discurso poético de
Hay reminiscencias del poeta inglés John Donne que aquí son emplazadas, pero desde dentro, desde el cuerpo como identidad.
También
De modo análogo al que emplea la ensayista norteamericana Susan Sontag para desestructurar ciertas falacias epigonales o concomitantes de la concepción paulista occidental y cristiana del cuerpo en su libro “La enfermedad y sus metáforas”,
Esta poesía funda una identidad, rescata al cuerpo del discurso alienante y lo pone en el centro de un decir literario que es reconocimiento del dolor pero sin enunciación elegíaca, puesto que es también, y esencialmente, celebración y goce.
Si el cuerpo humano en general fue tradicionalmente el lugar del estigma, el cuerpo femenino fue durante siglos la apoteosis del anatema, la fulguración absoluta del mal vuelto sustancia humana.
Aleyda deconstruye ese planteo mediante el argumento poético, mediante la afirmación y el reconocimiento. Saca al cuerpo de la oscuridad discursiva y lo ubica en medio de un proceso identitario íntimo pero universal, compartible, abierto: “Soy mi cuerpo”. Vale decir: somos cuerpo.
A comienzos de la primera centuria del tercer milenio, Aleyda inaugura entonces una alteridad bizarra (en su doble acepción de rara y brava, valiente) que se transforma en mismidad, que dice el cuerpo desde sí.
El cuerpo dice, el cuerpo, al decir, al reconocerse como identidad, como unidad, funda una instancia del discurso que sublima ese estado inestable de la enfermedad.
No hay arte sin cuerpo. El cuerpo hace posible otro modo de conocimiento a través de la poesía, inaugura una fecunda erótica del sentido que revoca el horror e instaura la posibilidad patente, tangible, de belleza.
Montevideo, febrero del 2006
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